Noelia Eva Figueroa

Estamos escribiendo nuestro propio relato, en primera voz, y es una voz colectiva: no vamos a parar hasta que el mundo sea un entramado de afectos parecido a los cielos de dignidad y libertad con que soñamos.

«La crítica al patriarcado debe ser una crítica al capitalismo neoliberal»

Noelia Figueroa es activista y doctora en Ciencias Sociales. Profesora de historia latinoamericana y teoría feminista de la Universidad Nacional de Rosario, militante de Mala Junta-Feminista y del frente político Patria Grande.

“Quienes formamos parte de colectivos feministas, organizaciones, áreas de género de sindicatos, dispositivos de acompañamiento; quienes participamos de las gestas colectivas y le ponemos el cuerpo hace años a esta lucha por transformarlo todo; sabemos que estamos viviendo un momento político histórico y sin precedentes para los feminismos en nuestro país y en la región. Estamos inmersas en la construcción de un movimiento claramente contrahegemónico, que avanza en pasos certeros en el cuestionamiento cotidiano de lo que hasta ayer resultaba natural.”

Es un proceso político que disputa sentidos. Somos parte de una revolución feminista en marcha a nivel mundial y Argentina es punto de referencia y usina de ideas en el marco de este proceso. El punto de referencia más claro y evidente es la primera movilización convocada bajo la consigna “#NiUnaMenos” (NUM) en 2015, tras el femicidio en la provincia de Santa Fe de la adolescente Chiara Páez. Este acontecimiento político, que irrumpe con fuerza en la escena pública a nivel nacional, tuvo una cuota de espontaneidad ante la desesperación, pero también fue posible gracias a décadas de lucha y organización del movimiento de mujeres y a las redes que ya teníamos.

La lucha contra la violencia machista en Argentina tiene un recorrido largo y muy importante: desde principios del siglo XX existieron agrupamientos dentro de los espacios políticos revolucionarios que cuestionaron la desigualdad y las diferentes formas de discriminación y violencia. Es una batalla que cobra relevancia en los años 80, con un hito público como fue el femicidio de Alicia Muñiz en las manos del afamado Carlos Monzón. Nuestras compañeras históricas, las que nos anteceden en el movimiento, pelearon mucho por instalar la idea de que eso que sucedió allí no era algo normal, ni de índole privada, ni resultaba de conflictos que deben permanecer en el plano íntimo, sino que responde a un entramado social de dominación y violencias que es norma.

Vivimos dentro de un sistema social complejo, llamado patriarcado, donde todo lo vinculado a lo femenino está subordinado a lo masculino y donde el sistema de vínculos se organiza jerárquicamente. La violencia machista es el mecanismo que sostiene en última instancia a todo ese sistema patriarcal, a ese ordenamiento general de los vínculos entre las personas. La violencia machista más visible y evidente es la más cruenta: los golpes, las violaciones o los femicidios.

Pero estas situaciones extremas son sólo la punta de un iceberg enorme. Una vez que empezamos a dimensionar la magnitud de este fenómeno, no podemos creer que las violencias machistas tengan tantas maneras y que las tengamos tan naturalizadas.

La violencia machista es el mecanismo básico, estructural, que permite defender y sostener un sistema de dominación social basado en la desigualdad, como es el patriarcado. La violencia machista en sus distintas formas es el reaseguro que permite que los varones sigan apropiándose de nuestros cuerpos, de nuestro tiempo de trabajo, del producto de nuestros cuerpos, de nuestras vidas. Es a la vez la amenaza que pende sobre nuestras cabezas si nos corremos de los libretos establecidos para nuestro género y la garantía de que las cosas deben seguir funcionando tal como las aprendimos. Hace mucho que sabemos que la violencia machista no es algo aislado, casual, ni algo que afecta a ciertas mujeres con algunas características específicas. No existe un estereotipo de “víctima”, ni tampoco de agresor.

Toda la vida de las mujeres y de las identidades feminizadas está atravesada por un continuo de violencias, desde que somos muy chicas y no nos dejan jugar a ciertos deportes, nos obligan a vestirnos de cierta manera, a ser respetuosas, a hablar bajo y ocupar poco espacio. La violencia machista es la amenaza permanente que cualquier mujer o identidad disidente vive si se sale de la norma: si camina de noche, si se pone tal o cual ropa, si invita a su casa a un varón, si se emborracha, si hace dedo en la ruta, si desafía los celos posesivos del marido, si asciende rápido en el trabajo, si empieza a sobresalir en su espacio político.

La violencia habita en la exclusión, en el exilio permanente en que vivimos: desde que nacemos y nos excluyen hasta del lenguaje, cuando los genéricos se nombran todos en masculino.

Hasta hace pocos años, nos excluían también del sistema político, y era imposible contar con nuestro propio patrimonio. En Argentina, hasta hace 70 años nosotras no podíamos votar; y hace 40 años no nos podíamos divorciar aunque nos den una paliza. Así las cosas, podemos decir que la violencia machista es esa amenaza, pero también un recurso corriente y al alcance de la mano para quienes defienden el patriarcado porque son sus principales privilegiados. Es necesario entender que las condiciones de desigualdad que permiten que la violencia crezca son muy complejas. Esas condiciones son las que tenemos que transformar, tarea para nada fácil, sobre todo en tiempos de ajuste, empobrecimiento y recorte de las políticas públicas como los que vivimos.

Porque la violencia machista no se mide solamente en cantidad de golpes, en las formas de hostigamiento que siguen habitando en cada lugar de trabajo, en el nivel de acoso callejero (mal llamado piropos). Se mide también en cifras que son las de la economía, y sobre todo en la cantidad de horas que varones y mujeres destinamos a los trabajos de cuidado. En nuestro país las mujeres realizan la mayor parte del trabajo reproductivo en los hogares, dedicando casi cuatro horas diarias más que los varones a las mismas. Por trabajo reproductivo se entienden las tareas domésticas asociadas al sostenimiento del hogar (lavar, cocinar, planchar, las tareas de cuidado de lxs hijxs, parientes enfermxs, adultxs mayores y la propia pareja).

A esa desigualdad en el trabajo reproductivo, en la esfera de los cuidados, tenemos que sumarle las desigualdades en la inserción en el mercado laboral formal, donde nos desempeñamos mayormente en profesiones asociadas también al cuidado. Somos las docentes, enfermeras, cuidadoras, trabajadoras domésticas, haciendo lo que nadie quiere hacer, sosteniendo los trabajos menos jerarquizados socialmente y cobrando muy poco por ese tipo de trabajo. Seguimos sin acceder a los mejores segmentos laborales, ni a los puestos de trabajo más reconocidos y mejor remunerados. Pero además, somos las que nos hacemos cargo de nuestros hogares y por eso sentimos con tanta fuerza las políticas de ajuste y la recesión.

No nos callamos más: el giro denunciante y las limitaciones del punitivismo

A partir del #NiUnaMenos de 2015, y con más fuerza con las movidas internacionales con impacto en las redes sociales como el #metoo, #cuéntalo y #nonoscallamosmás, entramos en una fase del movimiento que puede ser nombrada como el “giro denunciante”. Cerca de las fechas de mayor visibilización de las violencias, como el 8M o el 3J, aparecen miles de denuncias de violencias machistas en situaciones actuales o pasadas que muchas enunciamos, que teníamos guardadas, que aparecen al revisar nuestras trayectorias. En esta catarata de denuncias, del lado de quienes denuncian se mezclan varios factores: ansias de justicia, demanda de reparación, sensación de hartazgo por la impunidad, necesidad de escrachar o visibilizar agresores, muchas veces un malestar enorme por la hipocresía de espacios que contienen a los agresores, el no haber recibido respuestas satisfactorias a tiempo, la sensación de que es un momento en que el relato puede ser oído y alojado, entre muchas otras cosas.

Es hora de cuestionarnos también hacia dónde vamos con las denuncias, qué esperamos de ellas, sobre todo cuando nos embarcamos en procesos judiciales que muy pocas veces resultan reparatorios. Por el contrario, la mayoría de las veces generan re victimizaciones, nuevas violencias institucionales, intervenciones profesionales destructivas y un desamparo que se acrecienta. También es el momento de cuestionarnos la lógica de los escraches.

Las redes sociales no son espacios hechos para contener y reparar tampoco: por el contrario, lo que prima muchas veces es el morbo, la desmentida o los ataques. En una incontable cantidad de situaciones, los escraches en redes se vuelven en contra de quien está denunciando. El backlash, las contradenuncias, la represalia social, son formas de respuesta que exponen a quien vivió una situación de violencia a un mayor desamparo.

Las respuestas que podemos comenzar a construir deben transformar el dolor singular en organización colectiva: que ponen el foco en la posibilidad de desplazarnos y cambiar de posición luego de habernos reconocido “víctimas”. Que permiten organizarnos entre nosotras para construir nuevas herramientas de prevención y sensibilización y estar atentas al cuidado colectivo. Un ejemplo son los círculos de mujeres, los encuentros colectivos entre quienes vivimos situaciones de violencia, las formaciones de promotoras territoriales e institucionales contra la violencia.

El movimiento “NiUnaMenos” fue un punto de inflexión, un antes y un después del movimiento feminista, no solo en Argentina, sino a nivel regional e incluso mundial.

Su importancia tuvo que ver con la posibilidad de contar con una reacción organizada, rápida, con mucho nivel de convocatoria, utilizando las redes sociales, utilizando las plataformas que permiten un nivel muy alto de espontaneidad y de masividad.

Eso se logra porque en Argentina ya existía un movimiento que desde hace muchos años se venía organizando y  discutiendo el tema de las violencias como uno de sus puntos principales, pero que nunca había logrado interpelar masivamente a la sociedad. La seguidilla de feminicidios que vivimos ese 2015 y el carácter que tuvieron, crearon la posibilidad de interpelar mucho más masivamente y de convocar a partir de la indignación que esas muertes provocaron.

Hay un acuerdo bastante extendido entre los feminismos populares y de la cuarta ola, de que será imposible construir un mundo libre de violencias machistas, o libre de desigualdad de género, si no destruimos y cuestionamos al mismo tiempo al capitalismo neoliberal.

Gracias a toda esa tradición anterior y a esa organización previa, y a mucha práctica en acompañamientos de violencia y conceptualizaciones y teorizaciones, logramos politizar la discusión en torno a las violencias, para llegar a hacer un diagnóstico de la sociedad patriarcal. Es decir, no hay forma de evitar los feminicidios, o las muertes violentas de mujeres y niñas en manos de varones, que en más del 80% de los casos tienen un vínculo directo con esas mujeres, no hay forma de evitarlo si no es transformando de cuajo la sociedad patriarcal que educa a los varones para ser violentos y a las mujeres para ser violentadas y que nos socializa en esa diferencia.

Después del primer #NiUnaMenos, el camino recorrido es inmenso. No sabemos aún qué posibilidades estamos abriendo para el futuro, pero seguimos marchando. Hay una cosa de la que sí estamos seguras: luego de nuestro paso por la historia argentina, ya nada volverá a ser lo que era, porque una vez que dejamos que los feminismos politicen la vida en sociedad, no hay mandato fundado en lo natural ni institución del patriarcado que pueda sostenerse sin ser criticada. Estamos escribiendo nuestro propio relato, en primera voz, y es una voz colectiva: no vamos a parar hasta que el mundo sea un entramado de afectos parecido a los cielos de dignidad y libertad con que soñamos.

“La cuarta ola feminista”: 

Del grito contra los femicidios al diagnóstico de la sociedad patriarcal, por Noelia Figueroa
No nos callamos más: el giro denunciante y las limitaciones del punitivismo, por Noelia Figueroa

https://oleada.com.ar/cuarta-ola/libro-la-cuarta-ola-feminista/

Referencia:https://malajunta.org/wp-content/uploads/2019/06/libro-mala-junta-web-final-2.pdf

Dirección y responsable del proyecto: Silvia Barrios

Colaboración producción de imagen e investigación: Noelia Eva Figueroa

Enlace virtual:

“Altar Mujeres SXXI  #vidasenlucha”  es  un laboratorio/instalación transdisciplinario en cruce con la perspectiva de género, que sintetiza el trabajo de una plataforma dedicada a la investigación y producción de obra. Un archivo global de todos los tiempos y culturas.

Página web Proyecto/archivo “Altar Mujeres SXXI” : “Altar Mujeres SXXI  #vidasenlucha”

Pagina del archivo Face https://www.facebook.com/altarmujeressxxi/?modal=admin_todo_tour

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