Martha Ferro

Martha Isolina Ferro

Tinta Roja – Documental sobre Crónica (Parte 1 de 5)

Martha Ferro fue una feminista trotskista, cronista de policiales, titiritera de cachiporra, periodista, editora, poeta beatnik y agitadora popular. Su voz fue una fuerte crítica a las desigualdades sociales, económicas y sexuales propias del régimen capitalista y patriarcal. 

Su obra periodística visibilizó la violencia hacia las mujeres y las travestis, aportando una perspectiva feminista y de género, carente en la prensa policial de la época. Dió voz a personajes y situaciones habitualmente ignoradas por el periodismo formal: lxs pibes de la calle, lxs jóvenes perdidos por la droga, la gente humilde que sólo pedía una oportunidad, lxs estafadxs, los accidentes de lxs trabajadorxs precarizadxs, lxs afectados por las inundaciones, los travesticidios, los casos de gatillo fácil y la violencia institucional. Martha estaba muy comprometida con las urgencias de las clases humildes. En la redacción atendía denuncias, abría expedientes propios e insistía a las víctimas para que fueran a los grupos de autoayuda. Para Martha la lucha social era la lucha de clases, con una mirada moderna donde el sujeto era «la mujer trabajadora».

En tiempos de Terrorismo de Estado, Martha organizó un espacio cultural en un sótano en el barrio de San Telmo, lugar que combinó lucha de clases y sociabilidad lésbica. Un verdadero lugar de resistencia, de reunión de lesbianas, feministas, mujeres trotskistas y homosexuales. Junto con la poeta Diana Bellessi contribuyó a sacar del país información sobre Madres de Plaza de Mayo para ser difundida por los exiliados en el exterior.

Como titiritera continúo visibilizando las injusticias con sus títeres de cachiporra, entre los que se destaca Isolina, un títere que recorría la lucha de las mujeres y que –como los títeres de Villafañe-, enfrentaba el peligro con un “chímpete, chámpata”. Toda una irreverencia frente a la dictadura y el patriarcado. En sus obras de títeres Martha solía escenificar el conflicto social entre la ley y su transgresión, a través de las figuras del policía y el ladrón, a la vez que se delineaba una punzante y perspicaz crítica a las instituciones, en especial a la familia, mediante el uso de la ironía. El personaje del ladrón simbolizaba la “diferencia”, aquello que se desvía de la normalidad y de la moralidad. 

Martha Ferro nació en Barracas en 1942, en el seno de una familia de clase media baja, de inmigrantes italianos y vascos. Su abuela anarquista le transmitió la historia de la huelga de inquilinos de 1907 y la participación de las mujeres en esa huelga y en la Semana Roja de 1909. Su madre soñaba con ser jefa de la División Homicidios y Martha quería escribir esas historias. Ellas y las novelas de Juan Carlos Chiappe y Juan José de Soiza Reilly, plantaron la semilla para esta cronista de policiales y titiritera de cachiporra. A los 10 años con unos amigos ya escribía un diario en la escuela El Carocito «para que crezca la verdad» donde denunciaban desde los bancos rotos hasta al almacenero que fiaba y robaba y a un prostíbulo del barrio donde golpeaban a las chicas.

En 1960 la expulsaron de la secundaria por lesbiana. Estudió Psicología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y en 1967 se va a Nueva York, en busca de Allen Ginsberg. Allí vivió durante siete años trabajando de costurera, ayudante de cocina, empleada doméstica, vendedora de panchos en un carrito, mientras trabaja a favor de la infancia puertorriqueña y agitaba inquilinos latinos en el Lower East Side, organizando las Rent Strikes (huelgas de alquiler). Estremecida por  la violencia física y el maltrato hacia las mujeres, estudió las teóricas anglosajonas y aprendió de las experiencias de algunos colectivos feministas radicales como Las Vengadoras que devolvían palizas y denunciaban socialmente a los golpeadores. Sus luchas demostraban que las soluciones punitivas no encarnaban una alternativa, las respuestas penales significaban más amenazas para su seguridad que promesas de resolución. 

En 1974 volvió a Buenos Aires, empezó a militar en el PST y se convirtió en delegada gremial en la fábrica de galletitas Terrabusi. 

En 1976, en pleno contexto de terrorismo de estado, organizó un espacio cultural en un sótano de San Telmo, refugio de lesbianas “karmáticas” y homosexuales. Le prestó su pasaporte a la dirigente trotskista Nora Ciapponi, para que viaje a Nicaragua a la toma del bunker del dictador Anastasio Somoza, mientras que junto con la poeta Diana Bellessi logró sacar del país información sobre Madres de Plaza de Mayo para ser difundida por los exiliados en el exterior. 

Tras un allanamiento en el sótano, se exilió como linyera en la Isla Maciel. Vivió en la casa de Mingocha, una reconocida prostituta del lugar, con quien estuvo en pareja. En la Maciel las mujeres estaban muy organizadas, hacían zanjas y brigadas para golpear a los violadores y echarlos de allí. De esta forma, Martha celebraba el mandato del grupo neoyorkino “Las Vengadoras”. 

En 1978 volvió a la ciudad y el PST le encargó dirigir la revista Todas, publicación que resultaría crucial en la historia del periodismo feminista argentino. Con una tirada de tres mil ejemplares y dos presentaciones teatrales, la revista generó una cuota de esperanza y resistencia cultural en medio de la dictadura. Dirigida a las obreras, trabajadoras de sanidad, bancos, fábricas y docentes, la revista logró que muchas mujeres trabajadoras se organizaran, comprendieran la lucha socialista y se volvieran feministas.

En la revista se trataban temas de género y desigualdad, como la doble jornada, la violencia doméstica, el trabajo de las enfermeras y maestras, la discriminación y la inferioridad salarial. Visibilizaban la violación, el reclamo del uso de métodos anticonceptivos y, en especial, la situación de la mujer maltratada. Se publicó una nota a doble página llamada «Violencia Doméstica», bajo el título «El pan nuestro de cada día». Todas ofrecía un panorama sobre las crecientes olas de violencia que estaban sucediendo en Londres, París y San Sebastián y las multitudinarias manifestaciones feministas de repudio y exigencia de castigo. En el número II aparece una columna con casos de violencia hacia las mujeres levantados de los diarios nacionales, sin la connotación clásica de la época de definirlos como crímenes pasionales. También existía una sección literaria donde se publicaban cuentos de escritoras inglesas del siglo XIX. 

Además de su publicación, hacían encuentros quincenales en los que incorporaban sus propias vivencias, lecturas feministas y la exploración de la sexualidad como campo de transformación social. Aquí Martha creó a Isolina. “Isolina fue un personaje entrañable, que llegaba de una manera diferente a las laburantes”.

Después escribió para La Voz, un diario de Olavarría, en una sección llamada «La Mujer». Su perspectiva estaba vinculada estrechamente a los organismos de derechos humanos y a las urgencias políticas de la transición democrática. 

Trabajó en la revista ¡Esto! donde se dedicó a investigar los asesinatos de mujeres, travestis y prostitutas a manos de la policía, y también la situación de vida de las travestis pobres del conurbano. En ¡Esto! terminó de pulir su lenguaje policial, creando términos como “hienarios”, que luego la acompañaron en Crónica.

En 1982 entró a Crónica, al suplemento «Croniquita» hasta llegar a ser su directora. Escribió sobre casos de gatillo fácil y violencia institucional, y contribuyó con la organización de la Correpi. La especialidad de Martha fue lo que ella denominó el “policial tramontina”. “Yo me encargo de los casos en los que se matan con un cuchillo de cocina. Porque no me va eso de que una fundación te dé diez lucas para investigar y después publicar un libro sobre un caso en el que ya sabemos quiénes son los culpables. En los casos simples está todo. Me interesan las historias cotidianas”. (Suplemento Radar – Página12)

Martha convertía los confusos testimonios que le llegaban, en información concreta y clara para ser publicada en el diario. Cuando la policía no tomaba las denuncias, publicaban en el diario los cadáveres de las mujeres y las fotos que evidenciaban cómo las habían desfigurado, porque una vez que salía en Crónica, la policía hacía lo que debería haber hecho en un principio.

En Crónica cubrió valientemente casos policiales emblemáticos como el de Mabel Adriana Montoya (1983), Cecilia Giubileo (1986), Alicia Muñiz (1988) y Jimena Hernández (1988). Como delegada gremial logró poner en tapa la marcha de las feministas contra Monzón. «Mujeres marchan contra Monzón», marcando un antes y un después en el tratamiento periodístico de la violencia hacia la mujer. Martha fue la primera en usar la palabra Travesticidio para dar cuenta de la sistematicidad de los asesinatos de las travestis durante  fines de los ´80 y la década de los ´90. 

Escribió en Crónica durante dieciocho años, hasta julio de 2001, cuando la despiden luego de una huelga que impidió la publicación de tres ediciones. Fue la primera vez en la historia del periodismo gráfico que Prensa para un diario por tres ediciones.

Desde la década de los ́90, Martha formó en La Boca a por lo menos tres generaciones de titiriterxs. Martha decía que era para sacar pibes de la pasta base o del cartón por peso. Los títeres de cachiporra eran su pasión cultural. Le causaba rechazo la estética de las clases medias. Su gusto se inclinaba hacia los productos de las clases populares y de los marginales. Los títeres de cachiporra fueron popularizados en España por García Lorca. Ese títere termina con todas las injusticias tomando las armas.  “Yo digo que en el único lugar donde triunfa el bien, es en el teatro de títeres de cachiporra”. “Siempre me gustó hacer obras de ladrones donde se descubre quién es el chorro.” (Radar – La cronista Roja – Página 12)

En el 2005 en Olavarría junto con Griselda Astudillo formaron la Compañía de titiriterxs Medias Rojas, además de luchar por el aborto legal, seguro y gratuito. 

En 2010 se casó con su pareja Adriana Carrasco. Un año después, la madrugada del 26 de febrero de 2011, Marta Ferro murió por un cáncer atribuido al cigarrillo.

El sótano de San Telmo.

En la esquina de Defensa y Pasaje San Lorenzo, una puerta de madera color verde, cerrada con candado, atesora una valerosa historia de lucha de clases y sociabilidad lésbica en los años del terrorismo de Estado.

En enero del ’76  la compañera de Martha, a quien había conocido en NYC, una artista que se dedicaba a la cerámica, los títeres y el dibujo, alquiló el sótano. En principio, el lugar estaba pensado con el fin de montar un taller, pero Martha le comenzó a imprimir un movimiento importante organizando reuniones con las chicas del partido y funciones de títeres. 

Las actividades del sótano se difundían de boca en boca, y se realizaban en diferentes horarios y días por una cuestión de seguridad. Se hacían a puertas cerradas y una participante oficiaba de campana, ya sea quedándose en el umbral o recorriendo la cuadra fumando un cigarrillo. Acontecía allí una pedagogía feminista inédita por los temas que se discutían sobre la emancipación de la mujer y por la modalidad para llevar adelante la actividad, comparable a un centro de formación cultural y política. Las actividades culturales que se desarrollaban eran múltiples: obras de títeres, proyección de películas, diapositivas y fotos, danzas, teatro, música. Y siempre incluía el debate y la discusión posterior.

Mujeres de diferentes clases sociales se acercaban al sótano buscando no sólo un espacio para pensarse como mujeres, sino también buscando ese espacio de encuentro de mujeres que gustaban de mujeres, como una oportunidad para identificarse con el otro, en su totalidad, políticamente, culturalmente, sexualmente, en toda su sensibilidad.

El sótano funcionó unos meses durante 1976 hasta que fue allanado por la policía previo al golpe militar. La artista que lo alquilaba regresó a Nueva York y Martha se refugió en la Isla Maciel, en la casa de Mingocha. Después en el 78, cuando se aplaca la represión contra el PST, regresa y recupera el sótano y lo pone en funcionamiento. El sótano se volvió un lugar dinámico, con reuniones de mujeres del PST, talleres artísticos y juntadas políticas. Había reuniones y gente que iba a vivir, manteniendo así el tipo de sociabilidad beatnik que trajo de Nueva York.

El sótano ligó sexualidad y política, sociabilidad y conciencia de clase, lesbianismo y trotskismo, en un clima de clandestinidad y represión estatal.

 (El sótano de San Telmo – Valeria Flores)

Referencias

Tinta Roja

Sotano de San Telmo

Código de vinculación

Dirección y responsable del proyecto: Silvia Barrios

Colaboración producción de imagen e investigación: Bedi Sol

Página web Proyecto/archivo“Altar Mujeres SXXI #vidasenlucha”

Pagina del archivo Facebook
https://www.facebook.com/altarmujeressxxi/?modal=admin_todo_tour

Para sumarte a la propuesta: silviabarriosarte@yahoo.com.ar

Convoca:  MediaLab Artes del Fuego” 

Proyecto: “Altar Mujeres SXXI #vidasenlucha”es un laboratorio/instalación transdisciplinario en cruce con la perspectiva de género, que sintetiza el trabajo de una plataforma dedicada a la investigación y producción de obra. Un archivo global de todos los tiempos y culturas

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